Estructura
discursiva de la colonialidad en América Latina: Analítica de la colonialidad
del saber
La actividad colonizadora en
América Latina contó con un aparato discursivo que le permitió instaurar sus
formas hegemónicas materializadas en el ejercicio del poder, la imposición del
saber y la construcción de subjetividades. Por tanto, abordar una analítica del discurso colonial
implica asumir que las formaciones discursivas llevan implícitas un espacio
discursivo en el que se articulan prácticas, saberes y reglas que bajo ciertas
condiciones se organizan de manera coherente
con el fin de garantizar la instauración de una verdad.
Desde el contexto planteado,
este ejercicio tiene como hipótesis la validez de adelantar un análisis del
discurso con el fin de develar los mecanismos de control que están presentes en
los enunciados de carácter colonizador.
Foucault (1970) plantea que
en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y
redistribuida por un cierto número de procedimientos que tiene por función
conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar
su pesada y terrible materialidad. Señala además como lo prohibido, la
separación y el rechazo se constituyen en procedimientos de exclusión
externos y el comentario, el autor y las
disciplinas constituyen procedimientos de exclusión internos que controlan y
delimitan la producción de discursos. “Existe
en nuestra sociedad otro principio de exclusión no se trata ya de una
prohibición sino de una separación y un
rechazo. Pienso en la oposición razón y
locura. Desde la más alejada Edad Media,
el loco es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros: llega a
suceder que su palabra es considerada como nula y sin valor, no conteniendo ni
verdad ni importancia…. En cambio suele ocurrir también que se le confiere,
opuestamente a cualquier otra, extraños poderes, como el de enunciar una verdad
oculta, el de predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la
sabiduría de los otros no puede percibir. (FOUCAULT, p.15).
Este principio de exclusión
relacionado con la oposición y el rechazo lo podemos evidenciar en los discursos propios
de la colonialidad del poder y la
colonialidad del saber. Walsh (2007)
afirma “que dentro de la colonialidad podemos distinguir la colonialidad
del poder, la colonialidad del saber, la colonialidad del ser y la colonialidad
de la naturaleza, como cuatro dimensiones que articuladas entre sí contribuyen
a mantener la diferencia social.
Aníbal Quijano (1999, citado por Walsh)) ha
definido la colonialidad del poder, entendida como los patrones del poder
moderno que vinculan la raza, el control del trabajo, el Estado y la producción del conocimiento.
Esta colonialidad del poder
instauró en América Latina una
estratificación social que ubica al blanco europeo en la cima mientras el indio
y el negro ocupan últimos peldaños.
Una segunda dimensión es la de la colonialidad del saber, que con sus
mecanismos de exclusión presentes en el discurso, impuso la hegemonía del
pensamiento europeo. “No sólo estableció
el eurocentrismo como perspectiva única de conocimiento, sino que al mismo
tiempo, descartó por completo la producción intelectual indígena y afro como
“conocimiento” y, consecuentemente, su capacidad intelectual.” (Walsh, 2004).
Otro
mecanismo de exclusión en las materialidades discursivas lo constituye la
voluntad de verdad. Foucault enuncia como en la relación entre lo verdadero y
lo falso, surge una voluntad de verdad, en donde el discurso verdadero
históricamente ha tenido un desplazamiento. “Pues esta voluntad de verdad, como
los otros sistemas de exclusión, se apoya en un soporte institucional: está
a la vez reforzada y acompañada por una
densa serie de prácticas como la pedagogía, el sistema de libros, la edición,
las bibliotecas, las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales.(Foucault,
p.22). La voluntad de verdad basada y sostenida desde la institucionalidad, se autorreferencia
como universal, ejerciendo una presión y un poder de coacción sobre los otros
discursos, los cuales limita y en ocasiones anula.
En
este tipo de exclusión podemos categorizar el pensamiento de Kant, que en su materialidad discursiva utiliza unos
enunciados que tenían como fin excluir otras materialidades discursivas como la
de los negros y aborígenes. Kant crea una estructura de verdad en la que
establece que sólo los europeos eran humanos y por tanto los únicos dotados de razón y entendimiento. “Las
otras razas, por lo tanto, no tenían este talento, ya que este talento es un
don de la naturaleza. De
esta manera, la colonialidad del poder va pasando al campo de saber,
descartando la noción del indígena como intelectual, como alguien que puede
intervenir directamente en la producción de conocimiento. Y como parte esencial
de esta colonialidad del saber, se mantiene la hegemonía del eurocentrismo como
única perspectiva de conocimiento.” (Walsh, 2004).
Este
discurso excluyente de Kant lo podemos reafirmar en el siguiente pasaje:
“Los negros de África carecen por su naturaleza de una
sensibilidad que se eleve por encima de lo insignificante. El señor Hume
desafía a que se le presente un ejemplo de que un negro haya mostrado talento,
y afirma que entre los cientos de millares de negros transportados a tierras
extrañas, y aunque muchos de ellos hayan obtenido la libertad, no se ha
encontrado uno solo que haya imaginado algo grande en el arte, en la ciencia o
en cualquiera otra cualidad honorable, mientras entre los blancos se presenta
frecuentemente el caso de los que por sus condiciones se levantan de un estado
humilde y conquistan una reputación ventajosa.”(Kant 1919, 75. Citado por )
Igualmente
este mecanismo de exclusión es denunciado por el filósofo nigeriano Emmanuel
Chukwudi Eze, quién planteó y
desarrolló la tesis del racismo en el pensamiento filosófico y sobre todo
antropológico y uno de sus objetos de investigación fue la obra y pensamiento
Kant. Eze publicó el texto The color of the reason: the idea of
`race´in Kant´s anthropology.
Y
en él argumenta como «la antropología filosófica de Kant se revela como el
guardián de la imagen que tiene Europa de sí misma como superior y del resto
del mundo como bárbaro».(Eze,
2001).
Ahora
bien, este principio de exclusión no se encuentra únicamente en el discurso
colonialista europeo, en el pensamiento latinoamericano podemos rastrear
también este fenómeno. Walsh (2007) incluye en su trabajo la siguiente
referencia: Esta perspectiva también se encuentra en el pensamiento
latinoamericano. Para sarmiento, por ejemplo, el indio representa “la
barbarie y, por tanto, hay que eliminarle para abrir paso al progreso y
la civilización …. Definitivamente existe la superioridad de unas razas sobre
otras; entre ellas, de la raza anglosajona” (Citado por Sacoto, 1994;9). El
mismo José Carlos Mariátegui, conocido como uno de los pensadores
latinoamericanos más progresistas del siglo XX, fue impulsor de esta
colonialidad que propagó la idea de una jerarquía racial y epistémica, en este
caso en torno a los pueblos negros, justificando su exclusión social, cultural,
política y económica, como también su silenciamiento dentro de la construcción
teórica y discursiva de la modernidad.
Para Mariátegui mientras que los indígenas
sí podrían hacer una contribución social y cultural a la sociedad
moderna, los negros no estaban en condiciones de contribuir a la creación de
ninguna cultura “por influencia cruda y viviente de su barbarie (Walsh,
2004:336). Hasta el antropólogo Fernando Ortiz, quien hizo mucho por
visibilizar las prácticas culturales de los afrocubanos tuvo en su trabajo temprano un pensamiento
negativo sobre los pueblos negros: “una raza que bajo muchos aspectos
ha conseguido marcar característicamente la vida mala cubana
comunicándole sus supersticiones, sus organizaciones, sus lenguajes, sus
danzas, etc. (Ortiz, 1917:38).
Estos mecanismos de
exclusión siguen operando en la sociedad latinoamericana actual, y desde
las estructuras de poder se han instaurado de manera tal que construyen
subjetividades que legitiman en pensamiento y acciones el discurso
colonialista. Al respecto T. Van dijk (2004) ejemplifica como operan estos
mecanismos de poder ligados al discurso:
En mis trabajos sobre el discurso
racista en Holanda detecté que en la conversación cotidiana, en los debates
parlamentarios, y, sobre todo en la prensa, se habla/escribe sobre minorías,
sobre inmigrantes, sobre refugiados. Bien, la pregunta es: ¿qué temas, que
asuntos y qué tipo de asuntos es preferido en estos contextos? En general, se escribe sobre problemas, sobre crímenes:
es decir, todo lo problemático de la sociedad encuentra sus orígenes en dichas
minorías. Los políticos, los periodistas, utilizan de manera sistemática el problema
de la criminalidad y, claro, convierten a la prensa y el discurso público en el
mecanismo central de la reproducción discursiva del poder, pues tienen la
posibilidad de decidir qué es importante
y cómo se debe valorar. (Cátedra Unesco, 2004).

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